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Ahora que el transexualismo es la nueva frontera de lo políticamente correcto, lógicamente hay que denunciar la “transfobia” de los que se resisten a dar por bueno el cambio de sexo a voluntad. Solo los conservadores pueden aferrarse a una creencia tan atrasada como pensar que el ser hombre o mujer está condicionado por la biología y no por la autonomía. Pero, ¿qué pasa si quien pone en solfa el nuevo paradigma es un icono del pensamiento feminista como Germaine Greer?

La autora australiana se hizo célebre en los años 70 con su libro La mujer eunuco, una obra de referencia del feminismo más crítico con la sociedad patriarcal, en la que mantenía que a lo largo de la historia las mujeres habían sido siempre castradas en sus aspiraciones por la opresión masculina. Su feminismo no pretendía la equiparación con el hombre, sino que reivindicaba la peculiaridad y la autonomía de la mujer. Sus ideas sobre el lesbianismo, el aborto, la violación o el matrimonio, pueden merecer muchos calificativos críticos, pero en ningún caso el de conservadoras. Si algo no le ha importado a Greer a lo largo de su vida ha sido el mostrarse transgresora y combativa.

Quizá por eso ahora se ha permitido expresarse sobre los transexuales con una franqueza que choca en estos tiempos en que cualquier deseo de un transexual solo puede “merecer todo nuestro apoyo”. En declaraciones al programa Newsnight de la BBC2, Greer ha dicho que no basta la cirugía para hacer de un hombre una mujer, que las mujeres transexuales “no son mujeres”, que no tienen “ni el aspecto, ni la voz ni el comportamiento de una mujer”. La mujer “trans” no es más que una interpretación al masculino de la feminidad.

Para esta debeladora incansable de la opresión de la mujer, el fenómeno de las mujeres trans no sería más que un nuevo modo de colonización masculina del otro sexo, un intento por parte de hombres de apropiarse de las características femeninas. Un intento fallido, pero al que se da por bueno de acuerdo con los nuevos convencionalismos sociales.

El ruido de las vestiduras rasgadas ha medido la magnitud del escándalo. Desde quien dice que las ideas de Greer “no tienen sitio en una sociedad civilizada”, a quien la acusa de mantener “ideas intolerantes” o los que aseguran que “está llena de odio”. Incluso feministas y activistas homosexuales que en otras circunstancias serían sus aliados, piden ahora su cabeza. La asociación de estudiantes de la Universidad de Cardiff, donde está invitada a dar una conferencia, ha pedido que se cancele porque tiene ideas “peligrosas” en temas “trans”.

También se la acusa de negar la existencia de la “transfobia”. “No sabía que existiera tal cosa. Aracnofobia, sí. Transfobia, no”, ironiza Greer. Se comprende que Kellie Maloney, promotor de boxeo hoy reciclado como estrella transgender de una sitcom de la BBC, haya equiparado las palabras de Greer con la negación del Holocausto, y haya pedido que sea “arrastrada ante los tribunales” para ser “castigada”.

Hay que reconocer valor a Germaine Greer. Ha arriesgado mucho más hoy al negar la verdad oficial del transexualismo que cuando en los años setenta criticaba las ideas al uso sobre el papel de la mujer. Entonces, a pesar de las críticas, nada le impidió seguir su carrera académica y publicística. En cambio, el establishment de hoy la quiere ver fuera del campus, de la televisión y la “sociedad civilizada”, pues tiene ideas “peligrosas”.

Lo más curioso es que los que quieren castigarla por sus ideas se curan en salud acusándola de “intolerante”, cuando son ellos los que no soportan a quien disiente de su ortodoxia. El censor de antes al menos no se molestaba en presentarse como abogado de la tolerancia y la libertad de expresión.

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